jueves, 1 de enero de 2015

BARCO HUNDIDO - CUENTO





Barco hundido

 La promesa de llevar de vacaciones a mi sobrino Felipe comenzó a cumplirse casi llegando a la fecha del Bicentenario argentino.
La elección de las playas del Tuyú llevaba en mí la intención de dar color a antiguas postales que -en el álbum de mi memoria- la bruma de mi mar interior hacía ya borrosas.
Descansaban aquellas imágenes desde fines de la década del sesenta, cuando mi padre nos trajo a esta costa por entonces desierta. Recorríamos pueblito por pueblito desde San Clemente hasta San Bernardo, mitad por precarios caminos de arena mejorados con conchilla, mitad por la playa, cuando la marea estaba baja. Poco a poco los recuerdos se agolparon en la puerta de mi conciencia y, uno a uno, fueron dando un paso al frente: la pesca desde la orilla, la búsqueda de almejas en la playa, el caminito hasta el cementerio de caracoles, las expediciones nocturnas entre los médanos con linternas y faroles, las caminatas hasta el barco hundido, las reuniones con vecinos para jugar a la lotería los días de lluvia y los viajes semanales para comprar provisiones -que esperaba con ansiedad para comprar revistas de historietas en el único kiosco de la zona-.
El salón de recepción del hotel, esférico y con cristales al mar, no era propicio para que Felipe pudiera imaginar mis relatos, por lo que decidí hacer una tregua y escuchar el ruido de las olas que mirábamos desde lejos.
La instalación de las termas marinas hizo del lugar un centro de referencia para personas de la tercera edad, que llegaban en alegres contingentes en los que desbordaban las bromas, risas y actitudes de renovada vitalidad que muchos de los que observábamos, con menos carga en años, envidiábamos sanamente.
Levantarse alrededor de las nueve de la mañana sólo tenía como argumento anticiparse a nuestros gerontes compañeros de hotel -en su arrasador pasaje como pirañas sobre el desayuno americano- para intentar rescatar las últimas medialunas saladas y porciones de jamón y queso para acompañar el café con leche.
Mirando hacia la playa por el ventanal, Felipe, mientras masticaba, acomodó la lengua en un mínimo espacio de la boca para poder hablar:

-¡Mirá aquellas viejas que vienen con bolsas cargadas de caracoles, tío! ¡Son increíbles! Se levantan a las cinco de la mañana con el frío que hace, toman mate y salen a caminar por la playa. Ahora vamos nosotros y ya levantaron todos los caracolitos que trajo el mar. ¡Además llegan con apetito descomunal y se lastran todo! -exclamó.

-No es para tanto, siempre algo queda -traté de alentarlo.

-¿Te parece? Yo creo que en esto, como en la vida, el que pasa primero gana. Es como haber nacido en este tiempo. Todo es más complicado porque casi todo se inventó. ¡No es como en la época de la lamparita y el pararrayos! ¿Qué me decís, tío?

-Es cierto que todo es más complejo, pero siempre hay algo para descubrir… y seguramente muchas cosas no conocemos todavía.
Felipe quedó pensativo con mi respuesta y, levantándose de la silla, tomó nuestros bolsos y me invitó con un guiño a salir rumbo a la playa.
***
Después de varias horas de caminar, el sol comenzó a incomodar nuestra piel reseca. Los dedos de las manos, estirados por el peso de las bolsas repletas de caracoles, y la sed intensa, aceleraron nuestra vuelta.

-Parece que esta experiencia responde tu pregunta -comenté a Felipe-. A la vista de quienes pasaron antes que nosotros escaparon caracoles por recoger y, el mar, entre el ir y venir de uno y otro, acercó más variedades. Siempre el ojo de una persona percibe distinto al de otra, y parte del mundo que en un momento toca recorrer y transcurrir, ocupa su pequeña mancha ciega. Ahí está la oportunidad del que viene atrás, y la novedad en ese instante preciso que el universo le presenta.
Felipe me miró y, meneando la cabeza, exclamó: -¡Qué vamos a hacer, Dios mío!
Por la tarde, tratamos de recoger información en el pueblo para la pesca. Teníamos el dato de un viejo lugareño que tejía redes para pescar desde la playa. Encontramos el lugar. Un montecito de coníferas rodeaba la casa, y en el patio anterior a la puerta de entrada, anclas, mástiles y restos de viejas embarcaciones desparramadas al azar, le daban el aspecto de lúgubre museo.
El anciano, mirándonos a través de una ventana, hacía gestos con sus manos invitándonos a ingresar. Luego de presentarnos y saludar, nos mostró la variedad de redes que tejía con sus manos, enhebrando punto por punto e hilo tras hilo. Cabezas embalsamadas de pescados enormes, con la boca abierta y los ojos fijos, eran el testimonio de las habilidades del viejo pescador.
Deslumbrado por la charla y la experiencia del hombre en el lugar, Felipe preguntó dónde ubicar los restos del barco hundido. El viejo respiró profundo y, entrecerrando los ojos a modo de fortalecer su memoria, sin dejar de tejer, dio espacio a su respuesta:

-El Her Royal Highness varó en un banco de arena al sur de San Clemente del Tuyú el 14 de marzo de 1883. Hasta los años setenta, el mástil delataba su presencia y, con la marea baja, sus cuadernas asoman aún hoy a unos trescientos metros de la costa. Varias historias de crímenes, tormentas y contrabando se han relacionado con el naufragio, pero yo sólo puedo atestiguar lo que mis ojos han podido ver y mis oídos escuchar.
Un corto silencio y una espera cargada de incertidumbre provocaron
más tensión e interés en nosotros. Mirábamos inmóviles cómo el viejo cargaba con tabaco su pipa, la encendía y, después de jugar con el humo dejándolo escapar por la comisura derecha de su boca, volvía a inhalar profundo para seguir hablando.


-En las noches del mes de marzo, con espesa bruma, se escuchan en la zona del naufragio los gritos de auxilio de la tripulación y, luchando con las olas, entre el velo revuelto de las tinieblas y el viento, navega agitado el barco fantasma. Lo he visto sólo una vez en mis tantos años, y desde entonces, nunca más he caminado por ahí cerca de esa fecha. Pude, quién sabe por qué, escapar al hechizo de esta aparición. Pero cuentan que muchos, obnubilados por los pedidos de socorro, son hipnotizados por las olas y, al acercarse, son tragados por el mar.
Concluyó su relato en el mismo instante que terminaba el paquete que envolvía la red que íbamos a llevar. Lo tomamos y nos despedimos del viejo estrechándole las manos. Regresamos al hotel sin hablar y, escuchando el bramido de las olas, apuramos el paso, para llegar antes que la noche y la niebla cubriesen los médanos del lugar.
Quedó pendiente el paseo nocturno por la playa donde reposaba el barco hundido, bañado por el misterio del relato nacido entre verdades y mentiras, imaginación y sugestión.





Chivilcoy, 2012

Copyright © Guillermo Rodolfo Pinotti, 2012.
Todos los derechos reservados.
ISBN: 978-987-33-2139-9
Supervisión editorial: María del Valle Grange.
Hecho el depósito que fija la Ley 11.723.
Impreso en la Argentina - Printed in Argentina.
Impresiones GraFer (Chivilcoy), 2012.

TIO COSME - CUENTO




Tío Cosme

 Mi madre decía que Dios y los Reyes Magos estaban en todas partes. Nos espiaban algunos días antes del 6 de enero para vigilar nuestro comportamiento y decidir, de acuerdo a eso, qué obsequio merecíamos recibir. Yo pensaba que ellos podían venir transformados en mariposas, moscas o algunos de esos bichitos molestos que aparecen en verano.
Pero lo que más me sugestionaba era un picaflor que aparecía cada tardecita en el patio, sobre una planta de rosas chinas. Permanecía como paralizado y suspendido en el aire.
Cuando tío Cosme se fue al cielo pensaba que él podía cuidarme y protegerme regresando convertido de la misma manera…
Tío Cosme era especial y diferente para nosotros. Las Nochebuenas y Navidades que compartimos con él, también tenían su sello particular. Sentado en el extremo de la mesa, junto a la puerta que abría hacia el patio -como un general a su tropa- repasaba con su vista a cada uno de los comensales. Después de un breve silencio, con la frase “¡Sírvanse que se enfría!”, autorizaba nuestro ataque a la fuente con trozos de pollo asado, en la búsqueda desenfrenada de los pocos muslos que todos queríamos comer. A la hora de los postres (luego de la ensalada de frutas), la batalla entre los más pequeños se desataba por la disputa de un martillito plateado, que usábamos para romper nueces y castañas.
Los sábados por la tarde, cuando junto a mis primos lo visitábamos, se sentaba en la cabecera de la mesa y nos hacía volar con sus historias fantásticas que traían a nuestro presente los recuerdos de su infancia en Italia.
La mímica de su rostro y el tono de su voz acompañaban cada emoción del relato, y sus manos temblorosas cortaban papel con una antigua tijerita negra dando forma a figuras articuladas que iba repartiendo a cada uno de nosotros.
Cuando nuestra máxima curiosidad esperaba el desenlace del relato, con su anillo grueso de oro, golpeaba la copa de vino apoyada sobre la mesa y hacía congelar nuestra piel.
Aquella tijerita negra era mágica. Con ella abría las cartas que enviaban sus hermanos, algunos desde Europa y otros esparcidos por América.
Así, muchas veces, luego del grito del cartero, tío Cosme recogía sus cartas y alguno de nosotros corría hasta el cajón de su escritorio para alcanzarle aquella tijera que abría la puerta a mágicas historias.
Nos leía aquellos renglones en su lengua, mitad dialecto italiano y mitad castellano, disfrazando muchas tristezas con un chascarrillo, una sonrisa y un “no pasa nada… lloro de alegría”…
Pero llegó el día en que la vida tuvo demasiado peso para los hombros de tío. Sus piernas cansadas del camino cuesta arriba, sus manos temblorosas ya sin fuerzas, y su espíritu aplacado por el tiempo, dieron lugar a sus deseos de partir.
Tío Cosme llamó a Irene, su esposa y compañera de siempre, le pidió su traje gris y su corbata preferida, se vistió lentamente y, luego de dormitar unos minutos en su sillón, hizo de este sueño su último embarque, navegando entre nubes hasta su cielo.
Guardo de tío Cosme todo aquel sentimiento, y aquella tijerita negra, con la que todavía recorto figuras de papel que me acompañan en mis noches de soledad.





Chivilcoy, 2012

Copyright © Guillermo Rodolfo Pinotti, 2012.
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ISBN: 978-987-33-2139-9
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Hecho el depósito que fija la Ley 11.723.
Impreso en la Argentina - Printed in Argentina.
Impresiones GraFer (Chivilcoy), 2012.

HORMIGAS - CUENTO



Hormigas

Roberto salió del viejo edificio donde vivía. Abrió su paraguas para evitar la llovizna que el cielo gris dejaba caer desde la noche. Su mirada perdida y su rostro carente de expresión, hicieron que al cruzarse con uno de sus vecinos, éste pasara indiferente… sin saludarlo, como todos los días.
Llegó a su trabajo y al abrir la puerta recibió la bienvenida de Horacio:

-¡Hola, Robi! ¿Cómo estás? Llegué temprano porque me acercó mi esposa en el auto… por la lluvia.

-Comenzaste mejor el día que yo -contestó Roberto-; tuve en el camino la maldición de pisar dos baldosas flojas... y eso me enfurece.
Siento que esa odiosa agua sucia me invade, se mete en mis zapatos... me salpicó hasta las rodillas.

-Bueno, no es para tanto, date prisa que quiero mostrarte algo -dijo Horacio. Se dirigió a la oficina del jefe y, abriendo la puerta, invitó a su compañero a pasar al recinto.

Roberto tuvo la sensación de caminar en el aire al pisar la frondosa alfombra verde; recorrió con su mirada los muebles de roble, los cuadros que colgaban en las paredes, pintadas en perfecta combinación de colores, y sintió en su piel la temperatura apropiada que la calefacción encendida daba al ambiente. Al salir de su asombro preguntó:

-¿Cuándo hicieron todo esto?
-El último fin de semana. Es una empresa que se dedica exclusivamente a la decoración y hace todo en el tiempo justo que pide el cliente -explicó Horacio.

***

Caminando lentamente, Roberto fue hacia su cuarto de trabajo, lindero a la oficina principal. Encendió una estufa eléctrica y, luego de sentarse en su silla de plástico, comenzó a observar los dibujos que la humedad dibujaba en la pared cada día. Su conciencia le advirtió que el material aislante de la oficina refaccionada daría mayor vida a las horrendas figuras que lo observaban desde siempre.
Él sabía que sería así. Aquellos rostros se agigantaban con el paso del tiempo; algunos tenían un solo ojo, pero comprendía que era suficiente para controlar cada uno de sus movimientos. Las figuras desprendían un olor a rancio que penetraba en los viejos libros y archivos, en las estanterías que llegaban hasta el techo.
El miedo lo invadió cuando pensó que aquellos libros cerrados, dormidos como almas inertes, tomarían otra vez vida con aquel flujo hediondo… y también podrían observarlo.
“¿Cuáles ojos serán los de mi jefe?”, se preguntaba una y otra vez. Y las risas que venían de al lado lo atormentaban cada día más.

***
Una mañana, Roberto olvidó sobre su escritorio un pocillo con restos de café azucarado. Al regresar por la tarde, un ejército de hormigas desfilaba sobre aquél. Se detuvo, las miró detenidamente y siguió su recorrido hasta llegar a un pequeño orificio en el zócalo de la pared: el lugar de donde salían. Comprendió que estaba en lo cierto; venían de la oficina del jefe. Todavía solo en el lugar, se dirigió a la misma, se quitó los zapatos y caminó sobre la alfombra hasta el ventanal que daba a la avenida. Miró hacia abajo y murmuró entre dientes para sí mismo: “Toda esa gente ahí abajo, vive y piensa como hormigas, caminan como hormigas, se esquivan como hormigas. Todas responden y vienen de algún hormiguero... todos somos hormigas…”

Un tiempo después, Roberto llegó distinto a su trabajo, con mejor humor. Saludó a Horacio y, convidándolo con un caramelo de menta, dio inicio a la conversación:

-¡Hoy sí que es un espléndido día! ¡Un sol radiante y una temperatura agradable para venir caminando!

-¡Por fin te veo un poco mejor! ¿Qué traés en ese paquete? -le preguntó Horacio.

-Pasé a comprar algunas cosas que necesito. A mediodía tengo menos tiempo y aproveché para hacerlo ahora -explicó Roberto, mientras se disponía a calentar un poco de café.

Volvió con tres pocillos servidos sobre una bandeja. Llevó el primero a su jefe y cerró la puerta al salir. Sirvió el segundo pocillo a Horacio y sentándose en una silla, tomó el primer sorbo del suyo.

-¡Muy bueno! ¡Está a punto! -aprobó Horacio.

-Tan a punto que marca el inicio de nuestra felicidad -respondió Roberto, imprimiendo una sonrisa a su imagen tísica.

Sobre una vieja silla se apoyaba el paquete que había traído. Tomándolo con ambas manos, a modo de trofeo, lo colocó sobre el escritorio para que Horacio pudiera ver el envase de café y el frasco con veneno para hormigas, símbolo de la libertad que siempre había deseado.





       grpinotti.letrasycuentos@yahoo.com.ar

Chivilcoy, 2012

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ISBN: 978-987-33-2139-9
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Hecho el depósito que fija la Ley 11.723.
Impreso en la Argentina - Printed in Argentina.
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PELOTA A LA TRIBUNA - CUENTO



Pelota a la tribuna





 Rolando Sotera era como un maestro para los pibes del barrio. A veces fue más que un padre para muchos niños, esparcidos como hojas que viajan sin rumbo junto a un viento huracanado.
Llegado del laburo, Sofía, su esposa, lo esperaba con la bandeja de plata que fuera de su madre, donde descansaban el mate, la yerbera y la pavita de aluminio que el Rolo prefería.
Sentado en el banco de piedra de la vereda, cebada tras cebada, esperaba que los muchachitos de la cuadra poco a poco llegaran en silencio; sentados en el piso, se aprestaban a escuchar las charlas de Rolo, que divagaban entre la filosofía de la vida y la formación del equipo de fútbol juvenil que él dirigía.
La técnica en los equipos de Rolo afloraba por naturaleza, sembrada en sus jugadores en cada una de sus prédicas deportivas. La estética a la hora de ganar, valía la misma cantidad de monedas, tanto para tirar un caño como para trabar la pelota hasta crujir los huesos. Y así era él en sus cosas de todos los días, frontal, sincero; blanco cuando era blanco y negro cuando era negro.
La vida le dio cuatro hijos, las tres primeras mujeres y, cuando parecía que todo estaba hecho, en el atardecer de la fertilidad de Sofía, llegó Carlitos, su hijo menor, el varón esperado.
Una tarde de otoño, pensativo, acariciándose el mentón con la mano izquierda y olvidando el cigarrillo que se iba en humo en la otra mano, Rolo reflejaba una tristeza y preocupación para cualquiera que lo observara, sentado en un banco de la plaza. Lo distrajo un silbido de Salinas, amigo del club de barrio, que se acercaba para conversar:

-¡Qué tal, Rolo! ¿Vamos para el club?

-Sí, iba en camino pero me senté un rato para pensar… a veces me hace falta…

-¿Algún problema serio?

-Más que un problema es una duda… pero que no sé cómo resolver…

-Si puedo ayudarte sabés que soy tu amigo… -se brindó Salinas palmeándole la espalda.

-Es difícil, no lo hablé con nadie… ni con Sofía…

Viendo que la situación era peliaguda, Salinas se sentó junto a Rolo y, con ánimo solidario pero en tono de orden, le dijo:

-¡Desembuchá!

-Es Carlitos… mi hijo. Ya cumplió dieciséis. Le he comprado camisetas de todos los clubes, pelotas de todos los colores… y los botines… ¡Me empeñé para comprarle los mejores y descansan en el ropero!… Ni los tocó.

-Quizás el fútbol no le gusta, no es para tanto… ¿Hablaste con él?

-No me animo. Hay actitudes en él que me descolocan. Tiene más amigas que amigos, habla de moda con las hermanas, y lo peor: ¡lo pesqué pintándose las uñas anoche!

-¡¿Y qué le dijiste?!

-Seguí de largo y me fui a dormir. Pasa que tengo terror de que su respuesta sea lo que presiento…

Salinas sabía la respuesta. No era difícil adivinarla. Además, la duda que angustiaba a Rolo ya había sido desentrañada en el barrio hace algunos años, cuando Carlitos despertaba a la pubertad.

-Parece ayer cuando nació -recordó en voz alta Rolo-, el mismo día que Boca le metió cinco pepinos a River e hizo cuatro García Cambón que debutaba. En honor a él le puse su nombre, Carlos María… ¡Es cosa de mandinga!

-“En casa de herrero, cuchillo de palo” -reflexionó Salinas.

-Tenés que hacerme un favor -pidió Rolo a su amigo-, citalo vos a la canchita del club y le tomás una prueba. El fútbol es como la vida, nosotros lo sabemos. Vos lo vas a ver con ojos neutrales para dar un veredicto… y después me cantas la justa.

Salinas asintió con la cabeza, le dio un abrazo y se fue pensando en la misión a cumplir.
***

El encuentro fue pactado a las nueve de la mañana; todavía estaba mojado el césped con rocío. Carlitos entró a la cancha vestido con atuendo de Boca Juniors. Los pantaloncitos, amarillos por delante y azules por detrás, mostraban un retoque de costurera que los ceñía y acortaba un poco.
Salinas tomó la pelota, la pateó hacia adelante al ras del piso y le gritó a Carlitos:

-¡Picá y pegale al arco!

Haciendo un esfuerzo y corriendo a los saltitos, desgarbado y desarticulado, el pibe tropezó y cayó de cara contra el piso. Se tomó el rostro con las manos y respiró profundo para evitar llorar.
Salinas se acercó, lo ayudó a levantarse y, tomándolo fuerte del brazo izquierdo le aconsejó:

-Esto no es para vos, pibe. Luchá por lo que te gusta y por ser vos mismo, por tu identidad y tus sentimientos. Acá todos te queremos, te respetamos y, por sobre todas las cosas, tu padre te ama y te espera para darte un abrazo.

***
Desde aquel día, el adolescente archivó su primer nombre para quedarse con María. Salinas se encontró con su amigo y, en el idioma que él entendería, le dijo sin vueltas:

-Rolo, tu hijo es un gran pibe. Pero acordate, cuántas veces para ser felices y quedarnos con el triunfo, en vez de jugar la pelota corta… la tiramos a la tribuna.




Chivilcoy, 2012

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CARNAVAL - CUENTO





Carnaval


En aquellos últimos días de febrero del 2006 terminaban mis vacaciones de verano. Al regresar a casa por lugares que hacía tiempo no caminaba, confundían a mi memoria las ahora gastadas y descoloridas baldosas de veredas que hace tiempo había visto nacer.
Sin estar invitado a la fiesta de carnaval, al toque final de batucada se hizo presente el viento arremolinado. Torbellino con polvillo y humo blanco de puestos de choripanes que bajando lentamente fueron llegando a los rincones de toda la ciudad.
Miles de papelitos bailando en el aire y centenares de latas de aerosol rodando por el suelo parecían insistir en que la fiesta no terminase.
Con esa intención anclé mi pensamiento y, desviando el rumbo inicial, decidí pasar por la casa de Pepe para darle argumento a sus horas de eterno insomnio.
La luz prendida y los ladridos de Cachilo impulsaron la idea de pegarme al timbre y sentirme bienvenido. Las estrellas y la luna se habían ido, y las primeras gotas gruesas en mi espalda anticipaban
el diluvio que vendría.
La puerta se abrió y Pepe, levantando su mano izquierda -mate en mano-, expresaba en su sonrisa la alegría por mi llegada.

-¡Guille querido! -exclamó Pepe-, te hacía veraneando por otros pagos.

-Para qué me voy a ir, si acá tenemos de todo -respondí en broma.

-De todo no quiere decir bueno, Guille... ¡Ojo, que hoy ando con un golpe en mi costado! -Pepe advirtió, con su cambio de tono, que no estaba de buen humor.

Caminando lento, fue a cebar un nuevo mate, mientras yo me acomodaba en una silla junto a la ventana para mirar la lluvia.

-¿No fuiste al corso, Pepín?

Pepe giró su cabeza en forma desafiante y expresó casi con bronca:

-¿Qué puede hacer un tipo como yo un domingo como hoy y en un lugar como éste? ¡Claro que fui!... Volví minutos antes de que vos hicieras sonar el timbre.
-¡Qué mala onda, hombre! Ni que hubieras visto a un duende… ¡Es lo que dice la cara que llevás! -contesté a modo de reto.

-¿Cómo te diste cuenta? -dijo Pepe irónicamente-; pero no vi sólo un duende... eran miles, de todo tipo... de carne y hueso como vos y yo... pero esos rostros no son de todos los días... aparecen de tiempo en tiempo.

-¡Hablás como si estuvieras loco, hermano!- dije, riéndome a carcajadas-. Para cambiar un poco el clima, estuvo bien el movimiento que hubo -afirmé.

-No me decepciones… no quiero pensar que te quedaste en el tiempo del pito y la matraca, la serpentina y el pomo… no puede ser, Guille…no puede ser -se lamentaba Pepe, queriendo dar a la charla la seriedad que no había tenido en su inicio.

-Para nada me quedé en el tiempo -contesté-, y puedo diferenciar bien la camisa fuera del pantalón, que hoy es moda, de los viejos descamisados de otros tiempos. Las carencias son parecidas, pero los ideales diferentes…

-Me vuelve el alma al cuerpo -dijo Pepe, respirando profundo-. Casi pensé que olvidaste leer entre líneas lo que quería decirte. Esos son los duendes que veo y los que me quitan el sueño, ellos son los que como hormigas aparecen para un corso como éste, para el Día de la Tradición o la fiesta de la Virgen del Carmen... y no se dan cuenta de que los usan, que siguen recogiendo migajas que caen debajo de la mesa en la que comen los que ellos idolatran, servidos con manjares que pagamos todos.

-Es cierto -afirmé-, pero lo de la Virgen del Carmen es aparte, Pepe, ahí la fe le da al que cree la convicción que todavía hay esperanza, que un milagro puede ocurrir. Pero el Día de la Tradición el asado con cuero no es para que se lo coman los duendes…y la desdicha es peor para un carnaval como éste, que cuando termina de bailar la murga los que tocan el tamboril y la corneta son los políticos para que bailemos todos, nos guste o no el ritmo que suena.

-Ahí está el asunto, ahí -entusiasmado con el tema seguía opinando Pepe-; si estos duendes son de carne y hueso como cualquiera, tienen los mismos derechos y obligaciones que todo el mundo... es una cuestión de educación, seguimos votando nuestra propia marginación.

-Es cierto -respondí impregnado con la angustia que me transmitía Pepe-, pero hay que ver que cuesta vivir día a día si uno se vuelve muy pensante, te mata, te duele todo. Es así, no me quedé en el tiempo. Conozco que “Callejeros” es un conjunto musical de hoy y un corso con entrada libre y gratuita no lo paga ni le duele al bolsillo de los que invitan. Si igual postura hubiera para otros temas…
-... otra sería la historia -interrumpió Pepe-, nadie nos diría cuándo y cómo nos tenemos que divertir ni cómo tenemos que bailar. No habría agasajos especiales para unos y para otros. No habría demagogia. La vida misma sería una fiesta.
Un relámpago y el estampido de un tremendo trueno nos dejaron mudos. La lluvia intensa inundaba la calle hasta la vereda. Pepe miró a través de la ventana, encendió un cigarrillo y, como pensando en voz alta, dijo:
-Siempre que llovió, paró.



Chivilcoy, 2012

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