El frío polar de aquella madrugada
ilusionó a todos en el pueblo con volver a ver copos de nieve como hacía poco
más de dos años, el 9 de julio de 2007.
Las calles desiertas sólo eran
transitadas por un viento helado que congelaba con su roce cada objeto que se
le interponía. En una esquina, al reparo de una caja de cartón, dos perritos
vagabundos se daban calor uno al otro y, hechos una bolita, de sus hocicos
nacían duendes de vapor que se dibujaban y desvanecían en el aire.
Cobijada en su habitación, dormía la
pequeña Sofía, descansando su cabecita entre su almohada y un osito de peluche
marrón.
El timbre del teléfono y la luz de la
habitación vecina no fueron suficientes en un primer intento irrespetuoso para
despertar totalmente a la niña. Pero un segundo llamado y la voz de su madre,
en un murmullo entrecortado, terminaron con los sueños de algodón.
Sofía entró en la habitación de su madre
y la vio sentada en el borde de su cama. Tenía las manos apretadas entre las
piernas y los ojos enrojecidos miraban sin ver hacia el final del pasillo, más
allá de la puerta.
Sofía se sorprendió. Corrió con ansiedad
y miedo, abrazó fuerte a su madre y se quedó inmóvil, esperando una respuesta a
aquella actitud incierta.
-Tío Alejandro se fue al cielo -dijo la
mamá desconsolada.
-¡Tío es joven, mami, todavía no debe
irse! -replicó Sofía en su inocencia de niña.
El silencio se prolongó porque no había
respuesta posible. El frío ganó el interior de la casa de la mano de la
angustia. Mientras la niña y su madre permanecían abrazadas, mil recuerdos
pasaron en segundos, sin palabras: la risa y las bromas de Alejandro, su
actitud dispuesta al diálogo y a brindar una mano amiga, su atención y memoria
para los cumpleaños, sus mensajitos y su vida llena de juventud y alegría.
No permitió el corazón niño de Sofía dar
lugar a despedidas. Pidió quedarse en casa de su abuela María, y juntas,
mientras la anciana tarareaba una canción de cuna, sujetaron con hilos de seda
un ramo de flores y una cartita que Sofía escribió para su tío Alejandro.
-¿Por qué Dios si es bueno se llevó al
tío Alejandro?- preguntó la niña a su abuela.
-Porque Dios tiene ya muchos años, está
viejo y cansado y a veces, cuando duerme la siesta, pasan cosas terribles
-contestó María.
Sofía quedó pensativa, y buscando una
respuesta piadosa, alivió el dolor que en su alma sentía:
-Tío Alejandro despertará a Dios,
golpeando las puertas del cielo, y contento lo recibirá y cuidará siempre a
todos nosotros.
La abuela abrió las ventanas; en el
cielo, las nubes en retirada dejaban lugar a los rayos del sol, que aquel día
de invierno daban la bienvenida a un hombre bueno.
Chivilcoy, 2012
Copyright © Guillermo
Rodolfo Pinotti, 2012.
Todos los derechos
reservados.
ISBN:
978-987-33-2139-9
Supervisión editorial:
María del Valle Grange.
Hecho el depósito que
fija la Ley 11.723.
Impreso en la
Argentina - Printed in Argentina.
Impresiones GraFer
(Chivilcoy), 2012
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